El síndrome de Ulises

Hoy les traigo una de mis últimas actividades en 2017 en el Taller de escritura de Juan Re, se trata de un relato sobre la emigración y el desarraigo que produce.

Deseo que les guste.


El síndrome de Ulises

A sus 24 años Juan Pedro era un joven enfrentado a una gran decisión sobre su futuro. No aguantaba más en el pueblo, sin trabajo ni visibilidad sobre su porvenir. Vivía con sus padres y desde muy joven años tuvo que ayudar a la familia en las labores del campo, aun así había acabado a duras penas la educación primaria. Fueron tiempos difíciles los años 40 y 50, en los que con suerte se comía todos los días. Estaba harto de ir casi cada día a la plaza del pueblo por si algún capataz buscaba jornaleros para echar unas horas en una finca, o bien para trabajar al día siguiente. Era pintor, se había formado a sí mismo y cuando podía, sobretodo en primavera, pintaba habitaciones, pisos y casas enteras. Además de por el buen resultado de su trabajo, Juan Pedro tenía mucho éxito gracias a que utilizaba una mezcla hecha de esmalte, polvo de ocre y cerveza, que aplicaba en las puertas interiores y sus marcos. Pero esa actividad le duraba un par de meses al año.

Por otro lado, la diversión en aquella zona consistía en pasear con amigos, o ir a uno de los dos bares del pueblo, o acercarse a algún pueblo más grande, o bien a la capital de la provincia donde había mayor variedad de actividades que realizar, aunque esto último quedaba reservado sólo para los fines de semana en que podía pagarse las cuatro pesetas que costaba el trayecto. Necesitaba pensar en otro futuro, eso no era vida. Algunos amigos habían marchado al extranjero, a Europa, incluso su hermano hacía dos años que también se había ido, ¿por qué no podía intentarlo él? En aquellos tiempos Europa comenzaba más allá de los Pirineos y era símbolo de prosperidad.

Una noche de esas de tristeza y llantos ocultos tomó la decisión: saldría de allí lo antes posible. A la mañana siguiente llamó a un amigo, Luís, que estaba en Alemania y le explicó su situación, éste le animó para que saliera de España, le contó que allí se vivía bien y que poco a poco se iba conformando un grupo de españoles que realmente formaban una comunidad, casi una familia, en torno a una asociación. A base de hacer comidas, cantar canciones, leer libros… propios de su país la asociación hacía que no perdieran el recuerdo. Había solteros, casados, jóvenes, mayores, con hijos pequeños, etc. Además, le comentó que en la fábrica de automóviles donde trabajaba necesitaban más gente y seguro que no tendría problemas en entrar ya que los españoles tenían fama de ser buenos cumplidores; hasta le ofreció que se quedara en su casa mientras no encontrará piso. De esta forma, Juan Pedro pasó a engrosar la lista de los cientos de miles de emigrantes españoles que en los años 60 fueron para Alemania a buscar trabajo y una nueva vida, ayudados por un convenio firmado entre Alemania y España para captar mano de obra.

En la planta de automóviles de Düsseldorf el trabajo era estable, bien organizado, y con sueldos elevados en comparación con los que había en España. Esto unido a la buena relación que se fue creando con nuevos amigos y compañeros, parecía el bálsamo para curar su ánimo y permitirle rehacer su vida, ayudándole a vislumbrar por fin posibilidades ciertas de poder labrarse un futuro mucho más agradable que el que se veía en su pueblo natal. Al principio, su vida allí fue un poco exigente pues tenía que “lidiar” con un idioma que no conocía y debía utilizarlo al menos para lo básico, como establecer nuevas relaciones no sólo con sus “camaradas” de la fábrica sino también con los dueños de las tiendas de la zona, aunque sus amigos le ayudaron bastante y lo acompañaban inicialmente. Pero poco a poco fue tomándole el pulso a la ciudad, a las nuevas relaciones y a su grupo de españoles, a pesar de que el clima frío y la oscuridad de los días no ayudaban mucho.

Ciertamente el idioma alemán suponía una traba para relacionarse, y era difícil de aprender cuando no se tenía quien ayudara. Algunos hombres y mujeres fueron estableciendo relaciones con alemanes y eso les dio la oportunidad de irlo aprendiendo, pero otros muchos pasaban con lo mínimo para hacerse entender, lo que dificultaba sobremanera su integración en la sociedad alemana. Tampoco se esforzaban mucho en conocer los hábitos o la cultura del país, y únicamente aquellos que habían ido con su familia tenían más contacto gracias al de sus propios hijos en las escuelas. A esto había que añadir que la gran mayoría estaba “de paso” pensando en que dentro de algunos años, no muchos, podrían volver a sus pueblos y ciudades de origen, por lo que tenían un sentimiento de transitoriedad continuo que les servía como excusa para no esforzarse más y hacer su vida en Alemania alrededor de la comunidad española. En esta última situación se encontraba Juan Pedro quien poco a poco fue circunscribiendo su actividad y relaciones afectivas a la asociación de españoles de Düsseldorf, o Casa española como también se la llamaba. A pesar de que ese círculo intentaba replicar un ambiente lo más parecido posible a “lo español”, eso no le curaba la sensación de “estar fuera de casa”. Aunque esta situación se mitigaba un poco ya que Juan Pedro tenía por costumbre viajar una vez al año a España, e incluso dos algún año, para ver de nuevo a sus padres, amigos y conversar de nuevo con la gente del pueblo.

Por otro lado, aunque Juan Pedro era buen trabajador, la promoción profesional que podría haberle estimulado a su adaptación al país no era fácil de conseguir. Las jornadas se hacía cada vez más pesadas y el tipo de trabajo era bastante monótono. Había empezado a trabajar como peón y no disponía de ningún título académico que le permitiera evolucionar rápidamente, ni de tiempo y opción real de formarse allí en alemán, con lo que poco a poco iba adquiriendo una cualificación derivada exclusivamente de su trabajo en la fábrica. Esto hacía que no pudiese buscar mejores trabajos en otras empresas. La única oportunidad que pudo aprovechar fue la de una oferta para trasladarse a la planta que la misma compañía tenía en Franckfort, que le reportó un pequeño ascenso.

Pasados unos 15 años, Juan Pedro que había ido y venido tantas veces a su pueblo, con los golpes de alegría y tristeza correspondientes, que pensó que ya era hora de volver definitivamente. Al fin y al cabo, en Alemania había vivido razonablemente bien y también había tenido muchos momentos de felicidad, pero no se había hecho una vida ni había formado una familia con la que seguir adelante, y debía volver a casa para intentar recuperar todo el tiempo que había estado fuera. Así que en cuanto solucionó algunos asuntos administrativos regresó a su pueblo. Entre los ahorros que había podido hacer en Alemania más algunos trabajillos esporádicos que le iban saliendo, Juan Pedro tenía suficiente para vivir holgadamente, aunque sin lujos, y así volvió a intentar vivir en aquel lugar.

Muchas de las personas que como Juan Pedro tuvieron que emigrar y adoptar nuevas culturas, idiomas, y formas de vivir, pasaron por situaciones de estrés continuo, con sensación de pérdida de su identidad, de tristeza, de soledad ante unas circunstancias que muchos días les sobrepasaban, llegando a la depresión y a cobijar un gran sentimiento de culpabilidad. Fueron víctimas de lo que se llamó “el síndrome de Ulises”, denominado así en relación al héroe griego que sufrió innumerables peligros y adversidades muy lejos de sus seres queridos.


¡Saludos!

 

 

NOTA: Si desean más información sobre el taller en el que participo, pulsen en el siguiente enlace: Taller de Escritura FlemingLAB.

(Imagen de cabecera: Internet)

#Relato, #El-síndrome-de-Ulises

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5 comentarios

  1. Muy buen relato. Mis padres fueron de esos que emigraron, pero la tierra tira mucho y volvieron justo el año de nacer yo en el 67.
    Saludos.

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    1. Gracias Antonio, más de uno y de dos tuvo que emigrar en esos tiempos. Un abrazo.

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  2. Muy bueno. Felicidades.

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    1. Muchas gracias, me alegro de que te guste, saludos.

      Le gusta a 1 persona

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